Durante siglos, no saber leer fue la frontera. Después fue no saber usar una computadora. Cada generación tuvo su propia forma de quedar afuera, y cada una parecía, en su momento, la última. Hoy hay una nueva, y es más incómoda que las anteriores porque no tiene que ver con el acceso.

El nuevo analfabetismo no es no saber leer. Tampoco es no saber prender una computadora o mandar un mail. Es tener acceso a una inteligencia extraordinaria —disponible, barata, a un click— y no saber aprovecharla. Es abrir ChatGPT o Claude, escribir «hacé un resumen» y cerrar la pestaña sin haber entendido que ahí había mucho más que eso.

La frontera se movió, pero seguimos mirando el lugar viejo

Los analfabetismos anteriores eran de acceso. No sabías leer porque no habías ido a la escuela. No sabías usar una computadora porque no había una en tu casa. El problema estaba afuera de la persona: era estructural, y se resolvía con más escuelas, más máquinas, más cables.

Este es distinto. La herramienta ya está ahí, gratis o casi gratis, para casi cualquiera con un teléfono. El problema ya no es conseguirla. Es saber para qué sirve, cómo se le habla, qué se le puede pedir y qué no. Es una alfabetización que no depende de la infraestructura sino de la curiosidad, y eso la hace más injusta todavía: nadie te la puede negar, pero tampoco nadie te obliga a adquirirla.

Tener el auto no es saber manejar

Pensalo así: es como si a todos nos regalaran un auto de carrera, pero la mitad de la gente lo usa para ir al kiosco a quince kilómetros por hora, con el freno de mano puesto. No es un problema del auto. El auto puede hacer mucho más. El problema es que nadie te enseñó a manejarlo, y muchos ni siquiera se preguntaron qué tan rápido podían ir.

Con la inteligencia artificial pasa lo mismo. La mayoría la usa como buscador con mejor redacción. Le pide una receta, un resumen, una excusa para no escribir un mail. Y listo. Nunca la usa para pensar con ella, para discutir una idea, para que le señale el error en su propio razonamiento. Nunca descubre que se le puede pedir que actúe como un experto exigente en lugar de un asistente complaciente.

La brecha ya no es de plata, es de preguntas

Acá está lo que más debería preocupar: esta brecha no se cierra con dinero, se abre con curiosidad. Dos personas con el mismo acceso, la misma herramienta, el mismo plan gratuito, pueden terminar en lugares completamente distintos según la calidad de las preguntas que le hacen a la máquina. Uno le pide una lista. El otro le pide que lo contradiga.

Eso convierte algo que parecía democratizador —una herramienta igual de disponible para todos— en un nuevo mecanismo de diferenciación. No importa cuánto se abarate el acceso si la distancia real está en la cabeza de quien pregunta.

Aprender a usarla es un verbo, no un estado

Nadie nace sabiendo aprovechar esto, y tampoco alcanza con aprenderlo una vez. La herramienta cambia cada pocos meses (o días), así que la alfabetización tiene que ser un hábito, no un curso que se termina. Probar, romper, volver a intentar con otra formulación, notar cuándo la respuesta es genérica y exigir algo mejor: eso es lo que separa a quien tiene acceso de quien realmente sabe.

No hace falta ser programador ni tener formación técnica. Hace falta, sobre todo, dejar de tratarla como un buscador con buenos modales y empezar a tratarla como lo que es: un interlocutor capaz de pensar en serio, si vos también estás dispuesto a hacerlo.

La próxima vez que alguien te diga que no sabe usar la inteligencia artificial, preguntale si sabe leer. Va a decir que sí. Es la respuesta equivocada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *